Una necesidad imprescindible de los seres humanos es la habitabilidad. Durante largo tiempo la labor de generar espacios habitables recayó en los profesionales del campo del diseño (arquitectos); quienes respaldados en su formación crearon soluciones sin involucrar a la gente que las utilizaría.
A nivel global el concepto de participación toma fuerza durante la década de los 60 cuando la gente no satisfecha con las alternativas, empieza a involucrarse en los procesos que darán respuesta a sus necesidades.
Esto ha sido causa de adecuaciones constantes en los espacios habitados, puesto que al ser diseñados estandarizadamente son evaluados hasta que son utilizados y es cuando la gente empieza a modificarlos. El 90% de estas adecuaciones son consecuencia de decisiones esporádicas de los propietarios, sin plan ni asesoramiento profesional.
Es decir, la sociedad ha comenzado a prescindir de nuestros servicios.
Surge entonces el diseño participativo como facilitador del diálogo entre la gente y los profesionales. Su constante evolución ha permitido que sus herramientas y métodos sean mejorados a partir de su aplicación; además de que su campo de acción se ha expandido, ya no solamente se ocupa del tema de vivienda, sino de la conformación del barrio e incluso de ciudad, lo actualmente llamado Producción Social del Hábitat.
Hasta ahora se observa que la participación genera identidad, solidaridad, sentimientos de pertinencia y compromiso con el espacio habitable; pero ¿hacia donde se dirigirá la participación hacía el 2050?